Pocos edificios resultan tan reconocibles en la bahía de La Concha como el Real Club Náutico de San Sebastián. Su silueta blanca, con barandillas metálicas y ventanas alargadas, parece un barco varado junto al puerto, y forma parte del paisaje cotidiano de cualquier donostiarra.
Sin embargo, detrás de esa imagen tan familiar hay una historia mucho menos conocida: la de un club que empezó con una simple barcaza fondeada en el agua y la de dos arquitectos jovenísimos que trajeron a Donostia las ideas más rompedoras de su tiempo.
Recorrer sus orígenes es también recorrer el momento en el que San Sebastián dejó de ser una ciudad provinciana para convertirse en una capital moderna del veraneo.
De un gabarrón fondeado a la primera construcción
El Náutico no nació como edificio. En sus inicios, el club funcionaba desde un gabarrón amarrado en el agua, una solución provisional acorde con los medios de la época.
Ese uso se abandonó en 1905. A partir de ese año se levantó en el mismo terreno que ocupa hoy el club una pequeña edificación muy sencilla, de mampostería y estructura de madera, que se correspondía únicamente con el nivel más bajo del edificio actual: apenas unos dos metros de altura.
Aquella construcción se ganó un apodo cariñoso entre los socios: «la Bombonera», precisamente por su tamaño reducido.
La terraza de 1923 y el salto al proyecto definitivo
En 1923 se completó la Bombonera con una terraza superior que funcionaba como solárium, un espacio donde los socios tomaban el sol frente a la bahía.
Fue una mejora, pero también dejó clara una evidencia: aquella edificación se había quedado pequeña y no respondía a lo que el club necesitaba. Poco después se encargó el proyecto definitivo, el que daría lugar al edificio que hoy conocemos.
Una joya racionalista en pleno centro de Donostia
El Náutico es uno de los poquísimos ejemplos de arquitectura racionalista del centro de San Sebastián. En barrios como Gros este lenguaje aparece con más frecuencia, pero en el corazón de la ciudad prácticamente no tiene competencia.
Su valor trasciende lo local. Está reconocido como monumento y cualquier aficionado a la arquitectura lo identifica como una de las grandes obras del racionalismo español, dentro de ese «estilo maquinista» propio de la época heroica de entreguerras, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
Era una arquitectura muy vinculada al uso primario del edificio: si aquello era un club náutico, el edificio debía recordar a un barco. Y lo consigue.
Dos arquitectos de 21 y 23 años
La parte más sorprendente de esta historia es quién lo diseñó. El proyecto salió de las manos de dos chavales recién salidos de la carrera que habían abierto estudio en la calle Prim.
Se trata de José Manuel Aizpúrua y Joaquín Labayen. Cuando dibujaron la primera maqueta, en 1923, tenían 21 y 23 años respectivamente. El Náutico fue uno de sus primeros encargos y llegó de forma directa, casi al empezar.
Después vinieron sucesivos proyectos y ajustes, hasta que la construcción quedó terminada en 1927.
Es un patrón que se repite en la ciudad: también el Ayuntamiento de San Sebastián fue obra de arquitectos muy jóvenes. En aquella época las carreras universitarias se terminaban pronto y los encargos importantes llegaban antes.
La conexión con la Residencia de Estudiantes
Aizpúrua y Labayen no llegaron al racionalismo por casualidad. Eran muy amigos y se habían conocido en la Residencia de Estudiantes de Madrid, uno de los focos culturales más importantes de la España de los años veinte.
Allí coincidieron con figuras como García Lorca, Buñuel o Dalí, y absorbieron de primera mano el movimiento moderno que estaba transformando la arquitectura europea.
Fueron ellos quienes trajeron ese lenguaje a San Sebastián y lo materializaron en el edificio del Náutico. Difícilmente puede entenderse la arquitectura contemporánea donostiarra sin ese viaje de ida y vuelta entre Madrid y Donostia.
El destino de sus creadores
El final de la historia tiene un punto amargo. Aizpúrua murió durante la Guerra Civil, en 1936, mientras que Labayen vivió hasta 1995.
Ambos militaban en posiciones políticas completamente antagónicas, y aun así eso nunca fue obstáculo para mantener un estudio conjunto en la calle Prim, que es donde se gestó esta joya del racionalismo.
Un edificio que sigue haciendo aquello para lo que se construyó
Uno de los aspectos más valiosos del Náutico es que, casi un siglo después, mantiene el uso para el que fue concebido. Algo poco habitual en edificios de esta antigüedad y de esta relevancia arquitectónica.
Hoy sigue siendo la sede de un club de aficionados a los deportes náuticos, con actividad en:
- Vela
- Piragüismo
- Museo del propio club
- Zona de hostelería con vistas directas a la bahía
Todo ello en pleno centro de la ciudad, con una de las panorámicas más reconocibles de San Sebastián.
Un emblema que conviene cuidar
El Real Club Náutico es mucho más que un edificio bonito frente al mar. Es el testimonio de un momento concreto: el de una ciudad que se abría al mundo y el de una generación de arquitectos jóvenes dispuestos a hacer las cosas de otra manera.
Por eso, cuando se habla de patrimonio en Donostia, el Náutico ocupa un lugar propio. Es una pieza única, en un emplazamiento único, que ha sabido conservar su función original. Un emblema que la ciudad debería seguir cuidando y mimando.