En la calle Elkano de San Sebastián hay un local con más de 100 años de historia que ha cambiado por completo sin perder su esencia. Durante generaciones fue una mercería; hoy es La Vereda, probablemente la tienda más colorida de Donostia.

Hemos hablado con Natalia, una de las personas detrás del proyecto, para entender cómo nace una tienda así y por qué ha conectado tan rápido con la ciudad.

Es una historia de comercio local, pero también de decisiones inmobiliarias: por qué se elige un local y no otro, y qué se gana cuando se apuesta por el carácter frente a la ubicación puramente comercial.

Un local con más de un siglo de historia

Las anteriores propietarias eran la cuarta generación al frente del negocio familiar, que llevaba allí más de cien años. Vinieron a ver el resultado de la reforma y les encantó cómo había quedado.

Asumir un local con tanta historia era, reconocen, «un peso bastante pesado». El espacio estaba además muy compartimentado, lleno de secciones de almacenaje propias de una mercería, lo que dificultaba imaginar su potencial.

La intervención lo abrió por completo y dejó a la vista la altura libre de techo, uno de los grandes activos del local.

Por qué abrir en San Sebastián

El proyecto nació y creció en Bilbao, donde ya tienen tres tiendas. El salto a Donostia respondía a una demanda real: gran parte de su clientela bilbaína era donostiarra y llevaba tiempo pidiéndoles que abrieran aquí.

Sumado a la experiencia previa organizando eventos en el Hotel Londres, la decisión era «un acierto asegurado». La acogida ha confirmado la intuición.

El problema de lo neutro

Hay una reflexión comercial interesante en su planteamiento. El retail tiende cada vez más a lo aséptico y lo neutro, y eso es precisamente lo que más les cuesta vender: lo neutro se encuentra en cualquier cadena.

Su tesis es que lo interesante está en los detalles. No hace falta vestir entero de color: un collar, unos calcetines o una sola prenda dentro de un conjunto neutro bastan para marcar la diferencia.

La transformación del local

La reforma resolvió también una limitación física: el escaparate era pequeño. La solución fue utilizar la pared contigua como escaparate adicional, con un remarco que amplía la superficie de exposición desde la calle.

El resultado es un espacio diáfano y luminoso donde el color lo aporta el producto. Un detalle muy comentado es el papel pintado, con un motivo de nadadoras en referencia a quienes se bañan en La Concha todo el año. El papel pintado aporta calidez y delimita ambientes de una forma que la pared blanca no consigue.

La calle Elkano y el flujo de gente

La ubicación tiene una particularidad que explica buena parte de su funcionamiento: Elkano y Txurruka forman la única calle peatonal de principio a fin, desde el centro hasta la Parte Vieja.

Eso la convierte en el recorrido natural tanto de donostiarras como de turistas. El público extranjero, especialmente el francés, responde muy bien a una propuesta de color como esta.

Y hay un factor de comportamiento relevante: en modo vacaciones, el visitante busca llevarse algo con significado, no un souvenir genérico.

Por qué eligieron este local y no otro

Aquí está la parte más interesante desde el punto de vista inmobiliario. Antes de decidirse vieron locales en la calle Txurruka y en la zona peatonal de Arrasate, ubicaciones que podrían considerarse incluso más comerciales.

Pero este local tenía más sabor y más autenticidad. Se enamoraron al asomarse y descubrir que al fondo había un jardín, un espacio que las anteriores propietarias usaban como taller y que el público nunca había visto.

Ese patio, hoy abierto y recuperado, es uno de los elementos que más carácter aporta a la tienda.

La zona home y la tienda como experiencia

El mirador acoge la zona home, dedicada a decoración del hogar: velas, pijamas, manteles. Es coherente con su filosofía: la tienda tiene que ser un paseo y una experiencia, no solo un punto de venta.

El surtido combina producto propio con una selección internacional —México, India, Inglaterra, Francia, España— siempre en cantidades muy pequeñas de cada referencia, para que no acabemos vestidos todos igual.

Un dato que les sorprende de Donostia: reciben mucho más público masculino que en Bilbao.

Cómo empezó todo

El origen está lejos de aquí. Natalia, argentina y diseñadora, llegó a Barcelona para un máster que nunca llegó a hacer, pasó por Madrid y acabó en Mallorca, donde conoció a Diego, de Bilbao.

Allí montaban popups con diseñadores independientes antes incluso de que ese formato se llamara así. Al instalarse en Bilbao abrieron la primera Vereda: una tienda-taller diminuta donde ella hacía collares por encargo.

De ahí en adelante, cada mudanza a un local mayor coincidió con un hito familiar. Hoy son cuatro tiendas.

El nombre tiene doble sentido: es una palabra argentina y significa camino rural. Encaja con su idea de la tienda como recorrido tranquilo y con su forma de crecer: pasos firmes, pero poco a poco.

El comercio local como alma de la ciudad

La conversación termina donde importa. Las cadenas se encuentran en todas las ciudades; lo que da personalidad a un destino son las tiendas con encanto.

Natalia lo resume con una idea recurrente en el sector: el apoyo al comercio local tiene que llegar mientras el negocio está abierto, y no cuando cierra. El comercio local es un elemento central de la identidad de una ciudad.